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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Jesús es maravilloso 

Notas de Elena G. de White 



La eficacia de su ministerio sacerdotal 



Sábado 14 de junio 

Los símbolos y sombras del servicio de sacrificios, junto con las profecías, dieron a los 
israelitas una visión velada y borrosa de la misericordia y de la gracia que habían de 
ser traídas al mundo mediante la revelación de Cristo. Se desplegó ante Moisés el sig- 
nificado de los símbolos y sombras que señalan a Cristo. Él vio el fin de lo que había de 
ser abolido cuando, en la muerte de Cristo, el símbolo se encontrara con lo simboliza- 
do. Vio que únicamente mediante Cristo puede el hombre guardar la ley moral. Por la 
transgresión de esa ley, el hombre introdujo el pecado en el mundo, y con el pecado vi- 
no la muerte. Cristo llegó a ser la propiciación por los pecados del hombre. Ofreció la 
perfección de su carácter en lugar de la pecaminosidad del hombre. Tomó sobre sí 
mismo la maldición de la desobediencia. Los sacrificios y las ofrendas señalaban el sa- 
crificio que iba a realizar. El cordero sacrificado simbolizaba al Cordero que había de 
quitar el pecado del mundo (Mensajes selectos, t. 1, p. 279). 

La suficiencia infinita de Cristo queda demostrada porque llevó los pecados de todo el 
mundo. Ocupa la doble posición de oferente y de ofrenda, de sacerdote y de víctima. 
Era santo, inocente, sin mancha y apartado de los pecadores. "Viene el príncipe de es- 
te mundo -declaró él- y él nada tiene en mí". Era un Cordero sin mancha y sin contami- 
nación (Comentario bíblico adventista, tomo 7A, p. 375). 

Así como el sumo sacerdote ponía a un lado su traje pontifical y oficiaba revestido con 
el traje de lino blanco de un sacerdote común, así también Cristo se despojó a sí mis- 
mo, tomó la forma de un siervo y ofreció sacrificio, siendo él mismo el sacerdote y la 
víctima (Comentario bíblico adventista, tomo 1, p. 1125). 



Domingo 15 de junio 

Indicadores del antiguo Tabernáculo 

El santuario celestial, en el cual Jesús ministra, es el gran modelo, del cual el santuario 
edificado por Moisés no era más que trasunto. Dios puso su Espíritu sobre los que 
construyeron el santuario terrenal. La pericia artística desplegada en su construcción 
fue una manifestación de la sabiduría divina. Las paredes tenían aspecto de oro maci- 
zo, y reflejaban en todas direcciones la luz de las siete lámparas del candelero de oro. 
La mesa de los panes de la proposición y el altar del incienso relucían como oro bruñi- 
do. La magnífica cubierta que formaba el techo, recamada con figuras de ángeles, en 



azul, púrpura y escarlata, realzaba la belleza de la escena. Y más allá del segundo velo 
estaba la santa shekina, la manifestación visible de la gloria de Dios, ante la cual sólo el 
sumo sacerdote podía entrar y sobrevivir. 

El esplendor incomparable del tabernáculo terrenal reflejaba a la vista humana la gloria 
de aquel templo celestial donde Cristo nuestro precursor ministra por nosotros ante el 
trono de Dios. La morada del Rey de reyes, donde miles y miles ministran delante de él, 
y millones de millones están en su presencia (Daniel 7:10); ese templo, lleno de la glo- 
ria del trono eterno, donde los serafines, sus flamantes guardianes, cubren sus rostros 
en adoración, no podía encontrar en la más grandiosa construcción que jamás edifica- 
ran manos humanas, más que un pálido reflejo de su inmensidad y de su gloria. Con 
todo, el santuario terrenal y sus servicio revelaban importantes verdades relativas al 
santuario celestial y a la gran obra que se llevaba allí a cabo para la redención del 
hombre (El conflicto de los siglos, p. 466). 

El tabernáculo construido por los hebreos en el desierto fue hecho de acuerdo con las 
órdenes divinas. Los hombres llamados por Dios para este propósito fueron dotados de 
habilidades más que naturales para cumplir con este ingenioso trabajo. Sin embargo, ni 
Moisés ni los constructores hicieron los planos del edificio; fue Dios mismo quien le dio 
a IVIoisés la forma, la medida y los materiales que debían ser usados en esta sagrada 
estructura, e incluso el mobiliario que debía tener. Era un modelo en miniatura del San- 
tuario celestial y Moisés debía hacer todas las cosas de acuerdo al modelo que le fue 
mostrado en el monte. Moisés escribió todas las instrucciones en un libro y las leyó a 
los líderes más influyentes de su pueblo [Signs ofthe Times, 24 de junio, 1880). 

La verdad de Dios es la misma en todos los siglos, aunque presentada en forma dife- 
rente, de acuerdo con las necesidades de su pueblo en los diversos períodos. En la 
dispensación del Antiguo Testamento, toda obra importante estaba íntimamente rela- 
cionada con el santuario. En gran YO SOY moraba en el lugar santísimo... Allí, sobre el 
propiciatorio, velado por la sombra de las alas de los querubines, moraba la shekinah 
de su gloria, la muestra perpetua de su presencia; mientras que el pectoral del sumo 
sacerdote, engarzado con piedras preciosas, desde el recinto sagrado del santuario 
hacia conocer el solemne mensaje de Jehová al pueblo... 

Los sacrificios simbólicos y las ofrendas de esa dispensación representaban a Cristo, 
que había de convertirse en la perfecta ofrenda para el pecador. Además de esos 
símbolos místicos y sombras simbólicas que señalaban al Salvador venidero, había un 
Salvador presente para los israelitas. Él era quien revestido de una columna de nube 
de día y una columna de fuego por la noche, los guió en sus viajes; y él fue el que diri- 
gió palabras a Moisés que debían ser repetidas al pueblo... El que era igual con el Pa- 
dre en la creación del hombre, fue el Comandante y el Dador de la ley, y guió a su pue- 
blo de la antigüedad. 

Muchos consideran a los días de Israel como un tiempo de oscuridad, cuando los hom- 
bres estaban sin Cristo, sin arrepentimiento y sin fe. Muchos sostienen la doctrina erró- 
nea de que la religión de los hijos de Israel consistía en formas y ceremonias en las 
cuales no tenía parte la fe en Cristo. Pero los de esa era se salvaban por Cristo tan 
ciertamente como son salvados los de hoy por él... Los sacrificios y símbolos eran una 



sombra de Cristo y habían de durar hasta que viniera la realidad {A fin de conocerle, 
p. 103). 



Cristo estaba simbolizado en los sacrificios hechos por los israelitas. Esos sacrificios 
señalaban a una ofrenda mejor y más perfecta: el Cordero de Dios, sin mancha ni de- 
fecto. El servicio del tabernáculo era figura y sombra de Aquel que habría de venir para 
reunir las naciones alrededor de él {Ellen G. White 1888 Materials, pp. 568, 569). 

En la muerte de Cristo, el Cordero inmolado por los pecados del mundo, el símbolo se 
encontró con la realidad. Nuestro gran Sumo Sacerdote fue constituido en el único sa- 
crificio de valor para nuestra salvación. Al ofrecerse sobre la cruz, se realizó una expia- 
ción perfecta por los pecados de los seres humanos. Actualmente nos encontramos en 
el atrio exterior, aguardando la bendita esperanza de la aparición gloriosa de nuestro 
Salvador y Señor Jesucristo. Afuera no se ha de ofrecer sacrificio alguno, porque el 
gran Sumo Sacerdote está llevando a cabo su obra en el lugar santísimo. Durante su 
intercesión como abogado nuestro. Cristo no necesita ninguna virtud humana ni media- 
ción de nadie. Él es el único portador del pecado, la única ofrenda por el pecado. La 
oración y la confesión deben dirigirse sólo a él, quien entró una vez para siempre en el 
lugar santísimo. Salvará hasta lo sumo a todos los que acuden a él con fe. Él vive cons- 
tantemente para interceder por nosotros {Exaltad a Jesús, p. 313). 

Los pecados del pueblo eran transferidos en figura al sacerdote oficiante, quien era un 
mediador para el pueblo. El sacerdote no podía convertirse a sí mismo en ofrenda por 
el pecado y hacer expiación con su vida, porque también era pecador. Por lo tanto, en 
vez de sufrir la muerte él mismo, mataba un cordero sin defecto; el castigo del pecado 
era transferido a la bestia inocente, la que así se convertía en su sustituto inmediato y 
simbolizaba la ofrenda perfecta de Jesucristo. IVIediante la sangre de esa víctima, el 
hombre por fe miraba en el provenir la sangre de Cristo que expiaría los pecados del 
mundo {Comentario bíblico adventista, tomo 1, p. 1125). 

Cristo era el Cordero que fue muerto desde la fundación del mundo. Para muchos ha 
sido un misterio por qué se necesitaban tantas ofrendas ceremoniales en la dispensa- 
ción antigua, por qué tantas víctimas cruentas eran llevadas al altar. Pero la gran ver- 
dad que debería haberse mantenido ante los hombres y haberse impreso en la mente y 
el corazón, era esta: "Sin derramamiento de sangre no se hace remisión". En cada 
víctima cruenta estaba simbolizado el "Cordero de Dios, que quita el pecado del mun- 
do". 

Cristo mismo fue el originador del sistema judío de culto, en el cual se anticipaban las 
cosas espirituales y celestiales por medio de símbolos y sombras. Muchos olvidaron el 
verdadero significado de esas ofrendas, y se perdió para ellos la gran verdad de que 
sólo mediante Cristo hay perdón de pecados. La multiplicación de las ofrendas cere- 
moniales, la sangre de becerros y machos cabríos no podía quitar el pecado {Comen- 
tario bíblico adventista, tomo 7, p. 944). 



La intercesión sacerdotal de Cristo se lleva a cabo ahora en favor de nosotros en el 
santuario de los altos. Pero cuan pocos comprenden realmente que nuestro gran Sumo 
Sacerdote presenta ante el Padre su propia sangre, pidiendo para el pecador que lo re- 
cibe como su Salvador personal todas las mercedes que abarca el pacto de Cristo co- 
mo la recompensa de su sacrificio. Ese sacrificio lo hace plenamente capaz de salvar 
hasta lo sumo a todos los que se allegan a Dios por él y se dan cuenta que él vive para 
interceder por ellos {Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 944). 

Recordemos que nuestro gran Sumo Sacerdote está intercediendo ante el propiciatorio 
en favor de su pueblo rescatado. Vive siempre para interceder por nosotros. "Si alguno 
hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo". 

La sangre de Jesús está rogando con poder y eficacia por los que están apostando, por 
los que son rebeldes, por los que pecan contra la gran luz y el amor. Satanás está a 
nuestra diestra para acusarnos, y nuestro Abogado está a la diestra de Dios para rogar 
por nosotros. Él nunca ha perdido un caso que le ha sido entregado. Podemos confiar 
en nuestro Abogado porque presenta sus propios méritos en favor de nosotros. Oíd su 
oración antes de que fuera traicionado y juzgado. Escuchad su oración por nosotros, 
pues os mantenía en su recuerdo. 

Él no olvidará a su iglesia en el mundo de tentaciones. Contempla a su pueblo probado 
y doliente, y ora por él... Si, contempla a su pueblo en este mundo, que es un mundo 
perseguidor y todo marchito y echado a perder con la maldición, y sabe que los suyos 
necesitan de todos los recursos divinos de su simpatía y su amor. Nuestro Precursor ha 
entrado por nosotros dentro del velo y, y sin embargo, mediante la áurea cadena del 
amor y la verdad está unido con su pueblo en la simpatía más estrecha (Comentario 
bíblico adventista, tomo 7, p. 960). 

Leemos del sumo sacerdote de Israel: "Llevará Aarón los nombres de los hijos de Israel 
en el pectoral del juicio sobre su corazón, cuando entre en el santuario por memorial 
delante de Jehová continuamente" (Éxodo 28:29). ¡Qué bella y expresiva figura es ésta 
del amor inmutable de Dios por su iglesia! Nuestro gran Sumo Sacerdote, de quien 
Aarón era un símbolo, lleva a su pueblo sobre su corazón. 

Cristo, como el gran sumo Sacerdote, al hacer una perfecta expiación por el pecado, se 
destaca solo en divina majestad y gloria. Otros sumos sacerdotes eran sólo símbolos, y 
cuando él apareció, se desvaneció la necesidad de los servicios de ellos.... 

Los seres humanos, sujetos a la tentación, recuerden que en las cortes celestiales tie- 
nen un Sumo Sacerdote que se conmueve con el sentimiento de sus debilidades, por- 
que él mismo fue tentado así como lo son ellos {A fin de conocerle, p. 76). 

Cristo intercede por la raza perdida mediante su vida inmaculada, su obediencia y su 
muerte en la cruz del Calvario. Y ahora el Capitán de nuestra salvación intercede por 
nosotros no sólo como un solicitante, sino como un vencedor que exhibe su victoria. Su 



ofrenda es completa, y como nuestro intercesor ejecuta la obra que se ha impuesto a sí 
mismo, sosteniendo ante Dios el incensario que contiene sus propios méritos inmacu- 
lados y las oraciones, las confesiones y los agradecimientos de su pueblo. El incienso 
asciende a Dios como un olor grato, perfumado con la fragancia de su justicia. La 
ofrenda es plenamente aceptable, y el perdón cubre todas las transgresiones. Para el 
verdadero creyente Cristo es sin duda alguna el ministro del santuario, que oficia para 
él en el santuario, y que habla por los medios establecidos por Dios (Comentario bíbli- 
co adventista, tomo 7, p. 942). 

Cristo es el vínculo entre Dios y el hombre... Coloca toda la virtud de su justicia del lado 
del suplicante, ruega por el hombre, y el hombre que necesita ayuda divina suplica por 
sí mismo en la presencia de Dios usando la influencia de Aquel que dio su vida por la 
vida del mundo. Cuando reconocemos delante de Dios nuestro aprecio por los méritos 
de Cristo, se añade fragancia a nuestras intercesiones. Cuando nos acercamos a Dios 
mediante la virtud de los méritos del Redentor, Cristo nos coloca muy cerca de su lado, 
rodeándonos con su brazo humano, mientras su brazo divino se aterra del trono del In- 
finito. Pone sus méritos, como dulce incienso en el incensario de nuestras manos a fin 
de animar nuestras peticiones (A fin de conocerle, p. 78). 



Miércoles 18 de junio 
Produce una diferencia - 1 

El sacerdote que en el lugar santo dirigía sus plegarias por fe hacia el propiciatorio, que 
no podía ver, representa al pueblo de Dios que dirige sus plegarias a Cristo quien se 
encuentra frete al propiciatorio del santuario celestial. No puede ver a su Mediador con 
sus ojos naturales, pero mediante el ojo de la fe puede ver a Cristo frente al propiciato- 
rio, y le dirige sus oraciones, y con seguridad suplica los beneficios de su obra media- 
dora (La historia de la redención, p. 158). 

Jesús ve a su verdadera iglesia en la tierra, cuya mayor ambición consiste en cooperar 
con él en la grandiosa obra de salvar almas, oye sus oraciones presentadas con contri- 
ción y poder, y la Omnipotencia no puede resistir sus ruegos por la salvación de cual- 
quier miembro probado y tentado del cuerpo de Cristo. "Por tanto, teniendo un gran 
Pontífice, que penetró los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestras profesión. 
Porque no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; 
mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Lleguémonos pues 
confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el 
oportuno socorro". Jesús vive siempre para interceder por nosotros. Por medio de 
nuestro Redentor, ¿qué bendiciones no recibirá el verdadero creyente? La iglesia, que 
está por entrar en su más severo conflicto, será el objeto más querido para Dios en la 
tierra. La confederación del mal será impulsada por un poder de abajo, y Satanás arro- 
jará todo vituperio posible sobre los escogidos a quienes no puede engañar y alucinar 
con sus invenciones y falsedades satánicas. Pero exaltado "por Príncipe y Salvador, 
para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados". Cristo nuestro representante 
y nuestra cabeza, ¿cerrará su corazón, o retirará su mano, o dejará de cumplir su pro- 
mesa? No; nunca, nunca (Testimonios para los ministros, p. 16). 



Jesús conoce las necesidades de sus hijos y le gusta escuchar sus oraciones. Que sus 
hijos se aparten del mundo y de todo lo que pudiera apartar los pensamientos de Dios, 
y que sientan que están solos con el Señor, que su ojo contempla lo más profundo del 
corazón, y lee los deseos del alma, y que pueden hablar con Dios. Con fe humilde, 
podéis pedir el cumplimiento de sus promesas, y sentir que aunque no tenéis nada en 
vosotros mismos que pudiera serviros para suplicar el favor de Dios, debido a los méri- 
tos y la justicia de Cristo podéis acercaros confiadamente al trono de la gracia, para 
hallar socorro en el momento oportuno. Nada puede fortalecer tanto al alma para resis- 
tir las tentaciones de Satanás en el gran conflicto de la vida, como buscar a Dios en 
humildad, y presentar delante de él vuestra alma en toda su indigencia, a la espera de 
que él será vuestro Ayudador y Defensor (Hijos e hijas de Dios, p. 123). 

Tenemos un Salvador viviente. No está en la tumba de José, pues se ha levantado de 
los muertos y ha ascendido a las alturas como sustituto y garantía para cada alma cre- 
yente... El pecador es justificado mediante los méritos de Jesús, y ese es el reconoci- 
miento divino de la perfección del rescate pagado por el hombre. La obediencia de Cris- 
to hasta la muerte de cruz es una garantía de que el Padre acepta al pecador arrepen- 
tido. ¿Nos permitiremos, entonces, tener una experiencia que vacila entre la duda y la 
confianza, la confianza y la duda? Jesús es la garantía de nuestra aceptación para con 
Dios. Somos aceptos delante de Dios no por algún mérito propio, sino por nuestra fe en 
Cristo, nuestra justicia. 

Jesús está en el lugar santísimo para aparecer en la presencia de Dios por nosotros. 
Allí no cesa de presentar a su pueblo momento a momento, completo en sí mismo. Pe- 
ro a causa de que estamos así representados ante el Padre, no hemos de imaginar que 
podemos presumir de su misericordia y volvernos descuidados, indiferentes e indulgen- 
tes. Cristo no ministra en favor del pecado. Estamos completo en él, aceptados en el 
Amado, sólo al morar en él por fe (Reflejemos a Jesús, p. 68). 



Jueves 19 de junio 
Produce una diferencia - 2 

Cuando seamos tentados a pecar, recordemos que Jesús está intercediendo por noso- 
tros en el santuario celestial. Cuando abandonamos nuestros pecados y venimos a él 
con fe, toma nuestros nombres en sus labios, y los presenta a su Padre diciendo: "Los 
tengo esculpidos en las palmas de mis manos; los conozco por nombre". Y se ordena a 
los ángeles que nos proteja. Luego en el día de terrible prueba dirá: "Anda, pueblo mío, 
entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momen- 
to, en tanto que pasa la indignación" (Isaías 26:20). ¿Cuáles son los aposentos en los 
que han de esconderse? Son la protección de Cristo y de los santos ángeles. El pueblo 
de Dios no está en ese tiempo todo en un sólo lugar. Están en diferentes grupos y en 
todas las partes de la tierra; y serán probados individualmente, no en grupos. Cada uno 
tiene que soportar la prueba por sí mismo (En lugares celestiales, p. 264). 

Hay muchos que no tienen la confianza y certidumbre vitales de que Cristo está abo- 
gando ante el Padre como nuestro Intercesor. Cristo se ha identificado con nuestras 
necesidades y puede suplir toda carencia particular de nuestra condición debilitada. Du- 
rante su vida en esta tierra asumió la actitud de suplicante fervoroso, buscando de la 



mano del Padre una provisión fresca de fortaleza, que lo vigorizara y refrigerada dándo- 
le palabras de ánimo y lecciones consoladoras para impartir a los seres humanos. Sus 
palabras fortalecerán cada alma para el deber y para la prueba. 

Así como Cristo, en su humanidad, buscaba fuerza de su Padre para poder soportar la 
prueba y la tentación, también debemos hacerlo nosotros. Debemos seguir el ejemplo 
del inmaculado Hijo de Dios. Necesitamos diariamente ayuda, gracia y poder de la 
Fuente de todo poder. Debemos echar nuestras impotentes almas sobre el único que 
está pronto a ayudarnos en todo momento de necesidad. Demasiado a menudo nos ol- 
vidamos del señor, cedemos a nuestros impulsos y perdemos las victorias que debía- 
mos ganar. 

Si somos vencidos, no demoremos en arrepentimos y en aceptar el perdón que nos 
pondrá en posición ventajosa. Si nos arrepentimos y creemos, será nuestro el poder 
purificador de Dios. Su gracia salvadora se ofrece gratuitamente. Su perdón se otorga a 
todos los que quieran recibirlo. Pero el orgullo de la incredulidad con frecuencia se ins- 
tala en el corazón, y el pecador se aleja de la luz. 

Dios siempre aceptará la confesión si la persona se arrepiente del mal que ha hecho. 
Nuestro Padre celestial declara: "Vivo yo... que no quiero la muerte del impíos, sino que 
se vuelva el impío de su camino, y que viva" (Ezequiel 33:11). Los ángeles de Dios se 
regocijan y cantan de gozo por cada pecador que se arrepiente. Ni un solo pecador ne- 
cesita perderse. El don de la gracia salvadora es abundantísimo y no cuesta nada {En 
lugares celestiales, p. 50). 



Viernes 20 de junio 
Para estudiar y meditar 

El conflicto de los siglos, pp476-485; Patriarcas y profetas, pp. 356-372.